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¿Qué es la espina bífida?

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En los primeros meses del desarrollo embrionario se forma una estructura llamada tubo neural. A partir del tubo neural se formará todo el sistema nervioso central del bebé (cerebro y médula espinal). El tubo neural se forma por el plegamiento de otra estructura previa conocida como placa neural en un proceso que conocemos como neurulación.

La espina bífida es un término muy general que engloba un conjunto de malformaciones que ocurren durante el proceso de la neurulación. Más específicamente, es un defecto  que ocurre en la parte de la médula más cercana al culo, la zona sacra. El resultado será por tanto, un defecto en el plegamiento del tubo neural que afectará posteriormente a la médula espinal del bebé.

La espina bífida es una de las malformaciones más comunes en los seres humanos. Muchos factores se han asociado a un aumento del riesgo de sufrir espina bífida: herencia, folatos, diabetes maternal, fármacos y otras.

La herencia familiar es uno de los factores de riesgo más importantes en esta enfermedad. El riesgo de sufrir espina bífida en un bebé cuyo hermano la sufre, aumenta entre un 3% a 8%. El riesgo aumenta incluso en familiares de segundo y tercer grado.

Esta muy aceptada la toma de ácido fólico (vitamina B9) ya sea en su forma natural (con las comidas) o sintética (con suplementos) antes y durante el embarazo. No se conoce con exactitud cuál es la función de los folatos durante la neurulación. Sin embargo, numerosísimos estudios han demostrado que niveles bajos de folatos aumentan desde 2 hasta 8 veces el riesgo de sufrir la enfermedad. El déficit de otros nutrientes como la vitamina B12 también podrían estar asociados con un aumento de defectos en el tubo neural.

Las mamás que sufren diabetes pregestacional también tienen un riesgo de 2 a 10 veces mayor de tener un bebé con espina bífida. Aunque el mecanismo de este efecto teratogénico no se conoce con exactitud, sí se sabe que está relacionado con una alteración del control metabólico.

Algunos fármacos también aumentan el riesgo de sufrir esta enfermedad. Fármacos anticonvulsionantes como el ácido valproico o la carbamacepina son claros ejemplos. Hasta un 1-2% del fármaco consigue alcanzar el útero maternal, afectando al embrión.

Otros factores importantes a tener en cuenta son la obesidad maternal (índices de masa corporal mayores a 29 kg/m2), hipertermia (fiebre o enfermedades febriles durante el embarazo) o la diarrea maternal (causa pérdida de nutrientes en el embrión).

Una buena prevención es el mejor arma que disponemos para evitar la espina bífida en nuestra descendencia. La suplementación con complementos vitamínicos, exclusivamente con ácido fólico o multivitamínicos, reducen el riesgo de esta enfermedad en más de un 70% de los casos. Las agencias de salud en muchos países recomiendan la suplementación en todas las mujeres en edad fértil. Incluso se ha valorado la posibilidad de fortificar ciertos alimentos que consumen las mujeres en edad fértil con folatos.

La enfermedad se puede detectar con analíticas sanguíneas (aumenta la alfa fetoproteína) o por ultrasonidos. La cirugía en el propio útero o en los primeros días tras el nacimiento son efectivas, pero no definitivas. Aunque pueden mejorar la calidad de vida, los bebés siempre están expuestos a mayor número de enfermedades y problemas debido a su afectación neuronal. Los problemas más habituales: debilidad de piernas, parálisis, pérdida sensorial, disfunción de la vejiga y del sistema digestivo…

En esta enfermedad más que en ninguna otra, una prevención adecuada cobra una especial importancia. Una dieta equilibrada ayudará a mantener nuestros niveles de folatos, disminuirá la obesidad y la diabetes pregestacional. Además, la suplementación con folatos vía oral durante la época fertil, puede disminuir drásticamente la probabilidad para nuestra descendencia de sufrir espina bífida.