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¿Por qué las bacterias se hacen resistentes a los antibióticos?

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Los antibióticos son una herramienta esencial para el tratamiento de las infecciones producidas por bacterias. Sin embargo, más de un 50% de prescripciones de antibióticos son consideradas innecesarias, ayudando al aumento de la resistencia a los antibióticos.

Las bacterias son seres unicelulares muy ubicuos, es decir, los podemos encontrar por todas partes: en el suelo, en las plantas, en nuestra piel e incluso en el interior de nuestro organismo. Son las encargadas de formar lo que conocemos como flora bacteriana. Esta flora bacteriana tiene múltiples beneficios para la salud, por ejemplo, la flora intestinal mejora los sistemas de digestión, o la flora vaginal que nos protege frente a otras infecciones. Esta es la función de los probióticos, aportan bacterias y levaduras que recuperan las funciones normales de la flora bacteriana.

Otra característica muy importante de las bacterias es su capacidad de adaptación al medio. Si bien los seres humanos tenemos que vivir en unas condiciones muy determinadas (una atmósfera con oxígeno, en un rango de temperaturas y humedad estrecho…), podemos encontrar bacterias que viven incluso en los lugares más inhóspitos, como las fumarolas de los volcanes, donde las condiciones de temperatura y pH harían que nosotros desapareceríamos en un periquete.

Todos estos procesos se explican perfectamente en la teoría de Darwin. Durante la evolución, los seres vivos han competido entre sí y únicamente conseguirán sobrevivir aquellos que se adapten a su entorno.

Esta capacidad de adaptación de las bacterias es precisamente la responsable de la resistencia a los antibióticos. Cada vez que iniciamos tratamiento con un antibiótico, habrán muchas de las bacterias que conseguiremos matar, pero otras conseguirán adaptarse al antibiótico y sobrevivirán. Es aquí donde cobra especial importancia nuestro sistema inmunológico, acabando con esas bacterias que se consiguen adaptar.

Una estrategia para combatir esto, muy utilizada en hospitales, es la utilización de combinaciones de antibióticos o la utilización de antibióticos a dosis altas. En estas circunstancias, a las bacterias les cuesta mucho más trabajo adaptarse, y el tratamiento resulta más efectivo. Sin embargo, la probabilidad de que aparezcan reacciones adversas al propio tratamiento aumentan también considerablemente, y es que hay que pensar que nosotros también tenemos gran cantidad de flora bacteriana desempeñando funciones para que nuestro organismo funciones correctamente. Cuando atacamos unas bacterias, también atacamos las otras. Encontrar el equilibrio adecuado entre efectividad del tratamiento y reacciones adversas puede ser un punto crucial en la evolución de estos pacientes.

Las resistencias que aparecen por primera vez en una bacteria, se pueden transmitir rápidamente a su entorno. Por una parte, las bacterias pueden transmitir los genes responsables de la resistencia al antibiótico en un proceso que se llama transmisión genética y otorgando la misma resistencia a su entorno. Por otro lado, la transmisión de bacterias entre personas o entre animales y personas, es relativamente fácil, sobre todo de aquellos microorganismos que afectan al sistema respiratorio o al digestivo.

La resistencia a antibióticos es actualmente un problema muy grave que limita las armas para luchar contra los microorganismos. Los cambios se deben realizar desde la sociedad, pero nosotros como personas también tenemos responsabilidades que debemos cumplir. Tres normas básicas:

  • Tomar únicamente antibióticos cuando sea necesario, bajo la prescripción de un médico. No podemos utilizar los antibióticos para el tratamiento de enfermedades víricas, como la gripe o los resfriados, porque lo único que puede ocurrir es que aparezcan resistencias y reacciones adversas.
  • Seguir las pautas y las dosis que nos hayan prescrito.
  • Realizar el tratamiento completo. Que no existan síntomas de la enfermedad no significa que hayamos acabado con todas las bacterias causantes de la enfermedad.